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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Las heladas glorias de Orión

Moon (E.A. / 2013)

La historia de Rickie Elliot es triste y hermosa. La parte de su vida que conocemos es como esos paisajes que a primera vista parecen soleados y lleno de promesas hasta que uno se demora en la contemplación y lo que veía brillar se congela y lo que ofrecía una calma acogedora se percibe como un vacío desolado.

Rickie, el protagonista de la novela ‘El más largo viaje’, de E. M. Forster, está en medio de ese paisaje y cree que se puede permanecer allí en el lado de la vida, sin dejarse arrastrar por las aguas turbias de la madurez. Cree que la amistad, el amor, la verdad… no están condenadas a morir si conseguimos mantener encendida su llama con la imaginación. ¿Es posible hacerlo o la vida que llevamos entierra todo lo que un día nos pareció puro? Es posible, responde, solo hay que estar atento para apresar los momentos eternos que la vida nos ofrece.
“Me parece que de vez en cuando encontramos en la vida una persona o un incidente de carácter simbólico. No es nada en sí mismo, pero en ese momento representa un principio eterno. Si lo aceptamos, cueste lo que cueste, hemos aceptado la vida. Pero si nos asustamos y lo rechazamos, la ocasión por así decirlo, desaparece; el símbolo no vuelve a ofrecérsenos jamás”
Cabe la posibilidad también de que estemos ciegos la mayor parte del tiempo y no veamos los momentos simbólicos que se nos ofrecen. Y los dejemos pasar sin prestarles atención. O que nos confundamos a la hora de medir los principios eternos. ¿Cómo estar seguros de qué puerta abrir y qué puerta cerrar? ¡Qué difícil es entender nuestra propia vida! Y si es difícil comprender el pasado, ¿no será una ingenuidad atreverse siquiera a calibrar el instante? 

En medio de los sufrimientos que la vida le depara, una noche Rickie tiene un sueño misterioso. Oye llorar a su madre en la habitación a oscuras. La oye con tanta claridad que se despierta. Enciende una vela. La habitación está vacía. Entonces corre a la ventana y ve “sobre los mezquinos edificios las heladas glorias de Orión”.

La vida nos da la oportunidad de presenciar un puñado de verdades con toda claridad, pero permanece obstinadamente muda acerca de qué tendríamos que hacer con ellas. Mudas y bellas como la estrellas, las verdades eternas nos miran.

Puede que Rickie fracasara, aunque estuvo a punto de no hacerlo. No consiguió casi nada y lo perdió todo, pero su historia además de triste es hermosa, porque quien la cuenta sabe que “nuestra piedra de toque está en lo que valoramos, no en lo que tenemos”.


‘El más largo viaje’ no figura entre las novelas más conocidas de E. M. Forster, autor de ‘Una habitación con vistas’, ‘Regreso a Howards End’ y ‘Pasaje a la India’, ni entre las más leídas, pues suele ser despachada con expresiones como novela primeriza, inmadura, etc. En realidad, escribió todas sus novelas en muy poco tiempo, entre los 25 y los 45 años. ¡Qué lástima que no escribiera más!

miércoles, 31 de julio de 2013

La melancolía del capitán Benwick

Melancolía (E.A. /2013)

El diccionario no explica bien el significado de la melancolía. No es exactamente una "tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente". Esa idea de la melancolía nos puede llevar a pensar que se trata de la peor de las tristezas, porque su motivo no es aparente, sino que se encuentra en un lugar tan profundo que no somos capaces de verlo. En realidad, es justo lo contrario, según la entendía un maestro de la melancolía como John Keats. La melancolía, para el poeta, es la tristeza que conoce el motivo que la provoca. Según él, es el conocimiento de ese motivo lo que despoja a la melancolía de su tristeza y la convierte en otra cosa: la revelación de la fugaz belleza de lo vivido. Y llega, en palabras de Keats, después de que se ha hecho estallar "la uva de la dicha". Por eso los poetas escriben para encontrar el sentido de su melancolía, no para salvarse de ella.

El capitán Benwick vivía en una casita construida casi al pie de un viejo espigón en la bahía de Cobb. Acababa de perder a su mujer. Hacia tres meses que al desembarcar tras una travesía en el navío Grappler, donde llevaba un par de años buscando fortuna, recibió la noticia del fallecimiento de Fanny, con quien apenas había disfrutado de unos meses de vida en común. Verlo pasear por la bahía con aire melancólico en las tardes de noviembre despertaba la compasión y la simpatía de sus amigos, a quienes les parecía el tipo de persona que ha venido al mundo para sufrir. Era tímido y serio. Una colección de libros bien encuadernados era ahora su mejor compañía.

Leía sobre todo poesía, pues encontraba en ella consuelo a la angustia sin esperanza de su corazón roto. Aunque sus amigos le adviertían del peligro que tiene la poesía para los espíritus desventurados, a quienes puede hacer caer en las trampas de la autocompasión, el joven capitán leía una y otra vez los versos de 'La dama del lago' hasta aprendérselos de memoria, alimentando así su melancolía. También le gustaba conversar sobre poesía, aunque, hallando pocas ocasiones para hacerlo, se conformaba con evocar, sentado en la bahía, los mares azul oscuro de Lord Byron. 

Para la mayoría de la gente resulta un joven aburrido. No le gusta ir de caza, y si sale de paseo es muy capaz de recorrer la bahía de extremo a extremo sin pronunciar palabra. Cuando lo visitan amigos, sin embargo, siempre hay alguien que lo comprende. La poesía se convierte entre ellos, entonces, en un salvoconducto hacia un lugar donde las palabras no son enemigas del silencio. La poesía es también así, siempre, un principio. Su capacidad de tocar lo oscuro va unida a la de iluminar los senderos que conducen de vuelta a la vida.

John Keats pudo haber sido uno de esos amigos que visitaron al capitán Benwick durante sus días de infortunio. Además de compartir el nombre de la amada, Fanny, un destino similar les negó la perdurabilidad de sus respectivos amores. Su 'Oda a la Melancolía' parece escrita para alguien que, como el capitán, ha hecho estallar la uva de la dicha y ha descubierto, con un amor perdido en su momento de esplendor, que en el templo del deleite se oculta el santuario de la melancolía. De haberse producido ese encuentro, el poeta aprendería del capitán que, en la desgracia, la "angustia alerta del alma" es lo que nos mantiene en pie. Si ambos conversaron en largos paseos por la bahía, la poesía les debió servir para aceptar el dolor del amor truncado. Y también podemos pensar que si uno ardió en las palabras, el otro vivió lo que hay en ellas de dicha renacida.

***


1814 es el año del duelo. El capitán Benwick aparece en la novela ‘Persuasión’, de Jane Austen, publicada en 1818, y allí se cuenta su historia, según la cual meses después de recibir la noticia de la muerte de su esposa, el amor volvió a aparecer en su vida en uno de esos paseos otoñales por las bahía. John Keats tenía entonces 19 años y era ya un apasionado de la poesía. Conoció a Fanny Brown cuatro años después. Durante los dos años en que se amaron, antes de que él enfermara de tuberculosis, Keats escribió sus mejores poemas, entre ellos 'Oda a la melancolía', en 1819.

Pero cuando la melancolía caiga de repente
del cielo como una nube de lágrimas
y dé vida a los capullos marchitos de las flores
     y oculte la ladera verde en un sudario de Abril;
sacia entonces tu pena en una rosa de la mañana
     o en el arco iris de la ola salada y arenosa,
             o en la redonda abundancia de las peonías;
o si tu amada muestra vivamente su enojo,
toma su mano suave y déjala quejarse
y nútrete de la hondura de sus ojos sin par.

         Vive ella con la Belleza, Belleza que ha de morir
y con la alegría, cuya mano en sus labios siempre
   está diciendo adiós; y con el doloroso Placer
   que se vuelve Veneno mientras liba en él la abeja;
en el mismo templo del Deleite, ay,
    oculta la Melancolía su soberano santuario
sólo visible a quien pueda hacer estallar la uva de la Dicha
    con su lengua ardiente contra su frío paladar
y saboreará su alma la tristeza de su poder
y quedará colgado entre sus turbios trofeos.
     
Este poema, en versión de Ángel Rupérez, se puede encontrar en el libro 'Lírica inglesa del siglo XIX'. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Amigos

“Una mañana gris, que deslustraba la bahía. Bancos de nubes se extendían hacia el mar. Marea crecida y sin espuma. Cabezas que se movían como gaviotas flotantes y gaviotas que al flotar se meneaban como cabezas. Dos cabezas. Nadando, dos chicos.
Y sin embargo, no dos chicos, sino la misma juventud. La distancia los separaba, el agua los hacía informes, las particularidades se borraban. El mar proponía un ideal, desindividualizado, sublime. Sobre ellos, en mi atalaya, estoy sentado y observo. Un hombre solo.
No totalmente solo, dijo Scrotes.
No, admitió MacMurrough. Uno nunca está solo con el fantasma de un amigo”.
Howth, Baily Lighthouse (E.A. / 2012)

Desde su atalaya batida por el viento, el hombre solo mira el mar, donde nadan dos chicos. Y mientras los mira, conversa sobre la amistad con el fantasma de su amigo. ¿Cuáles son las virtudes que promueve la amistad?, se pregunta MacMurrough. Son muchas, responde su amigo, pero la que sobresale es el desinterés.

Pero su amigo no está con él en la atalaya. Falta desde hace ya mucho tiempo. Él siente que le dejó las palabras, pero no la clave para descifrarlas. El sonido, pero no el significado. Los dos chicos nadan entre las olas, paralelos, uno ligeramente por delante. 

¿Qué cualidad atribuimos a la amistad? La amabilidad, se responde. Porque la amistad nos acerca a las cosas como si fueran parte de nosotros. Y a la vez nos permite ver las cosas que ya son nuestras desde el corazón de otro. Los chicos descansan ahora en el agua, charlando, quizá, recobrando el aliento, amigos. 

¿Hacia dónde nos lleva la amistad? Me hubiera gustado preguntarlo en nuestras veladas nocturnas de este verano, plenas de amistad, en nuestra torre iluminada por encima de la hierba oscura. ¿Qué recordamos de los amigos perdidos? ¿Pensamos en eso alguna vez?

***

Jamie0’Neill publicó ‘Nadan dos chicos’ (At Swim, two boys) en 2001, cuando tenía 41 años. Está dedicada a Julien, “mon ami, mon amour”. Es su última novela hasta la fecha. Trata sobre el despertar de un amor adolescente en los años del levantamiento por la independencia de Irlanda. Es una novela larga (800 páginas) y difícil. Muy hermosa a veces, siempre auténtica. En España fue traducida por Antonio Rivero Taravillo y publicada por Pre-Textos en 2005.

sábado, 9 de junio de 2012

Una eternidad de preguntas


¿Cuántas preguntas son realmente importantes? “Si son importantes, las que cuentan son muy poquitas. Hay que tener ojo con lo que uno pregunta, no hay que querer saberlo todo, porque saber los detalles no significa saber lo que importa”. Eso me dijo una amiga cuando un día quedamos en nuestro café preferido y terminamos hablando sobre lo que nos es permitido saber en esta vida y cómo podemos llegar a saberlo. Quizá el camino del destino esté empedrado de las preguntas que nos hacemos. Eso es todo. Visto así es verdad que las preguntas son pocas, un puñado. Pero lo que yo quise hacerle ver a ella es que la vida tiene reservada para cada uno de nosotros una sola pregunta, tan esencial que cuesta una vida formularla del todo. “¿Por qué una sola?” –me preguntó ella-. No lo sé, pero así creo que es. Puede que sea porque esa pregunta es la entrada de cada uno en su ser, la puerta de acceso a la comprensión de su propia vida. Y cuando se pone un pie en ese umbral, la pregunta se deshace como una bola de nieve aplastada entre los dedos, dando lugar a una eternidad de preguntas.

Mi amiga tiene una mente analítica y no le gusta nada que las cosas se queden flotando como pensamientos de duermevela. Así que pidió un segundo café y me obligó a seguir tirando del hilo. Es verdad, por lo tanto, que las preguntas fundamentales son pocas, pero insistí en que si uno da en la diana y abre la puerta adecuada lo que verá le hará desistir de esperar respuestas. Tan importante es encontrar la pregunta como aceptar que la respuesta no llegará nunca.

En la novela ‘El río de la vida’, que no sé si mi amiga ha leído, el narrador, Norman, su hermano Paul y su padre han aprendido a no temer esa falta de respuestas. Supongo que ser pescadores de río les ayudó a aprender esa lección. Yo no he pescado nunca, y no me imagino a mi amiga con una caña al hombro, pero sí me gustan los ríos. Quien haya estado alguna vez mucho rato observando la corriente de un río bajando entre las piedras entenderá a Norman cuando dice en su libro: “yo antes pensaba que lo primero fue el agua, pero si escuchas con atención oirás que las palabras están debajo del agua”. Fluye el agua, monótona, interminable, con un susurro de estrellas arrastradas entre nubes, y entre los destellos que lanza el agua al rozar una roca y el cielo sumergido bajo la corriente uno deja de ver el río y ya no sabe lo que ve. Hay que ser un artista de la pesca para saberlo.

¿Y qué es lo que nos dice el río?, me preguntó mi amiga, aunque sé que me estaba poniendo a prueba porque si alguien tiene alguna idea sobre eso era ella. Yo apuré el café y dije algo sin pensar o, más bien, dije algo para ocultar lo que pensaba. El río fluye sobre las palabras. Sus voces brotan oscuras cuando el río pasa por las sombras proyectadas por los peñascos, y afloran en las zonas cristalinas inundadas de luz. Al parecer tiene muchas cosas que decir, aunque es difícil apreciar lo que nos tiene reservado a cada uno de nosotros: que lo importante no son las respuestas, sino las preguntas; que para amar no es necesario comprender del todo; y que, por eso, tan importante como formular las preguntas es saber cuándo hay que dejar de hacerlas. Llega un momento en el que una pregunta solo encuentra respuesta en otra nueva, dando así lugar a una eternidad de preguntas.

"How can a question be answered that asks a lifetime of questions?"

Salenques (E.A. & J. M. / 2012)


sábado, 12 de mayo de 2012

Recuerdos contados

Ronda (EA / 2012)


“Nos acostumbramos a enterarnos del significado de todo lo que vivimos –incluso los placeres más profundos- por otros”. Con estas palabras, se refiere Orhan Pamuk a las historias de la infancia que nos cuentan nuestros padres, a nuestros primeros recuerdos que son en realidad recuerdos de otros, pero que hacemos nuestros porque alguien nos los contó. 

Contar recuerdos es un acto de amor y reconocimiento, puesto que solo rescatamos del silencio o del olvido aquello que nos parece digno de incorporar a la experiencia de otra persona para que le haga algún bien. Por eso las primeras historias que escuchamos son también una oportunidad de adentrarnos por el camino del bien y de lo bueno. Como los cuentos de hadas, los recuerdos contados van construyendo las segundas vidas que vivimos, repitiendo las vidas de otros.

miércoles, 18 de enero de 2012

Escribir con el corazón

Bajo el cielo (E.A. 2011)

¿Se escribe con el corazón o con la cabeza? ¿Se puede escribir una obra de arte desde la desesperanza? ¿Se puede crear desde la benevolencia? ¿Debe la literatura ofrecer esperanza? ¿Puede ser solo una descripción del Mal? Estas cuestiones están en el fondo de muchas de las cartas que se cruzaron Gustave Flaubert y George Sand, que discreparon sobre la ‘poética de la ficción’ con la misma pasión con la que forjaron una amistad que duró muchos años. En algo estaban de acuerdo: el arte es una ardua búsqueda de la verdad. Pero cada uno la buscaba por caminos diferentes.

Flaubert defendía un arte puro y científico, que captara la verdad de las cosas, despojada de las emociones subjetivas del autor. A través de una observación atenta, las cosas se revelarían en su fría verdad. Luchó por evitar cualquier tipo de coartada sentimental que pudiera edulcorar la realidad. No se daba cuenta de que esa predisposición ya estaba impregnada de su personalidad escéptica, distante y pesimista.

Sand, en cambio, miraba la vida desde la bondad y reprochaba a Flaubert una visión limitada de la vida en su arte. “El arte no es solamente crítica y sátira. Crítica y sátira no pintan más que una parte de la verdad. Yo quiero ver al hombre tal como es. No es bueno ni malo. Es bueno y malo. Pero hay algo más, el matiz, que para mí es la meta del arte”. A fuerza de buscar la verdad con su frío método, Flaubert se alejaba de algún tipo de verdad misteriosa, que quizá esté fuera del alcance de la razón. No se puede buscar la verdad sin un acto de fe: la confianza en la posibilidad que tiene el ser humano de elevarse sobre sus limitaciones. Sand creía que las cosas escondían una promesa hacia el Bien. “Huyo de la cloaca y busco lo seco y limpio, segura de que es la ley de mi existencia”. La suya es una poética de la esperanza, inalcanzable para alguien que, como Flaubert, esté encadenado a la soledad. Para ella el camino del arte pasa por la dulzura; para él solo puede ser una fuente de angustia.

Para Flaubert la literatura es un laboratorio científico donde diseccionar la vida, y el escritor un espectador altivo que se desentiende de las preocupaciones humanas. Mientras que Sand cree en la literatura como en un espacio más dentro de la vida, un campo de experiencias y de búsqueda. Uno puede ser frío y objetivo en la descripción de los objetos, pero no al enfrentarse a los actos humanos, dice Sand, que le aconseja a Flaubert: “Deja de lado las convenciones realistas y regresa a la verdadera realidad, que presenta una mezcla de lo bello y lo feo, de lo apagado y lo brillante, pero donde la voluntad del bien encuentra a pesar de todo su lugar y su utilidad”.

Yo creo que esto vale tanto para las novelas como para la vida

***

Se vieron muy pocas veces, pero fueron amigos íntimos. Su correspondencia da fe de su amistad. En las cartas que se cruzaron se habla de literatura y de la vida, de la amistad y del amor, de política y de sentimientos; siempre con admiración mutua, respeto y ternura. A pesar de los consejos de su ‘querida maestra’, como novelista Flaubert ocultaba su corazón. Aquí no.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El cuarto interior

Caminos de otoño (D. A. / 2011)

Carson McCullers empieza su autobiografía diciendo que el amor y el trabajo han llenado su vida. Cuando la lees no te queda ninguna duda de que eso es cierto, aunque más por el trabajo que por el amor. Sufrió tanto por sus enfermedades que es doblemente triste pensar que también el amor fue para ella fuente de dolor. Solía decir que cuando no estaba inspirada en el trabajo, sentía el alma decaída; pero también las decepciones del amor causaron estragos en su salud. Se enamoró a los 17 de un joven bello y vital, lleno de sueños. Pero sus relaciones fueron tortuosas y malsanas y el “joven glorioso” se convirtió pronto en la peor catástrofe de su vida.

Para referirse a su trabajo como escritora utiliza expresiones como emoción, gratitud, iluminación, misterio, relámpago, bendita luz. En cambio, cuando habla del amor solo se ve aislamiento, pérdida y oscuridad. Lo llamaba ‘cazador solitario’. Lo que nos hace naufragar, parece decir, es lo mismo que da sentido a nuestras vidas. De la misma forma que las mejores palabras brotan de un lugar silencioso, las cadenas de la soledad solo se rompen en soledad. De ahí el tono sereno y transparente de sus novelas: como si amara a sus personajes pero los viera desde muy lejos en el tiempo, incitándonos a aceptar lo que les ocurre con resignada fatalidad.

Mick, uno de los personajes que protagonizan ‘El corazón es un cazador solitario’, es una chica soñadora, que camina por ahí “como si buscara algo perdido”. Testigo de vidas a la deriva, se siente tan confusa como los otros, es una más entre las personas que “cuentan sus secretos al vacío”. Pero ella tiene algo que la salva de la destrucción que amenaza al resto de personajes: un lugar personal al que recurre en busca de consuelo y donde la soledad se convierte en su arma contra el aislamiento. En el exterior parece que no ocurre nada decisivo, pero cuando Mick se echa en el sofá, cierra los ojos y penetra en “el cuarto interior”, hasta el canto de un pájaro cobra sentido, aunque sea “triste como una pregunta sin palabras”.

***

Mi escena preferida de su autobiografía es la que cuenta cómo a los veinte años, durante un viaje, unos amigos le insisten para que lea a Isak Dinesen. "Cuando ya estábamos en el coche, listos para salir, me pusieron dos libros en la falda: Memorias de África y Siete Cuentos Góticos. Empecé Memorias de África en el coche y leí hasta la caída del sol. Nunca me había sentido tan maravillada. Después de años leyendo este libro, y lo he leído muchas veces, cada vez que lo empiezo sigo experimentando una sensación de consuelo y, a la vez, de libertad".

sábado, 13 de agosto de 2011

Luz del verano

Amanecer (E. A./ 2011)


En la adolescencia, cuando estamos a punto de dejar de ser niños, siempre hay un momento en el que perdemos la esperanza, o más bien en el que creemos que hemos perdido la esperanza. El desaliento se apodera de nosotros; lo que se ha tenido que afrontar con el corazón todavía tierno es tan desconcertante y difícil de comprender que sentimos la tentación de abandonar la lucha y dejar de explicar el sentido de nuestras acciones ante los demás. Nos encerramos y hacemos todo lo posible para volvernos ciegos. La ansiedad por verlo todo propia de los niños se convierte en un terror oscuro ante lo que estamos a punto de ver y que intuimos que será irreversible. Nos damos la vuelta y empezamos a vivir en un mundo tan estrecho y de luz estéril como un desierto.

Pero entonces, y siempre, ocurre algo que nos empuja a vivir, que nos arrastra hacia la verdadera luz. Es algo invisible e impremeditado, que llega sin avisar. Y solo lo vemos cuando ya estamos metidos en él. No nos da la opción de elegir. Quizá sea como un nuevo nacimiento. Es tan ajeno a nosotros como fruto de nuestros propios actos. Es el camino que hemos buscado a ciegas y que se abre ante nosotros con la naturalidad de una bendición. Si uno echa la vista atrás, probablemente no recuerde ese momento, porque a partir de él el mundo se vuelve muy extenso; y, en lo que dura el resplandor de una llama, uno se siente tan afortunado y lleno de vida que ve todas las cosas como si le hablaran. Y se está en el mundo como en casa.


“Dos figuras se levantaron de donde estaban sentadas, y salieron por uno de los pasillos. Una de ellas era una chica. Llevaba el abrigo desabrochado y un ramito de violetas purpúreas en la solapa. El joven que la acompañaba tenía unos diecinueve años. Llevaba su abrigo y una bufanda de tela escocesa del brazo, y la misma desazón que había pintada en el rostro de la chica se veía también en el suyo, como un reflejo del cielo”
(en La hoja plegada, de William Maxwell)

lunes, 25 de julio de 2011

Un hada pasó por aquí


Este refugio necesitaba una mano de pintura y he aprovechado un rapto de inspiración de Francesca para darle un nuevo aire. Mientras me iba un rato a la playa a hacer unas fotos, le di las llaves y la dejé encargada de redecorar el lugar. 

¡Y vaya si estaba inspirada! No sé si será más seguro que antes, pero a mí me parece más bonito y acogedor. ¿Y qué mejor lugar que ese banco, al otro lado del río y entre los árboles, para hablar un rato o para leer.

El hada de Raquel


sábado, 14 de mayo de 2011

El escritorio de Zorrilla


El escritorio de Zorrilla (E.A. 2011)

Para Maribel, Rocío y Pedro,

Con quienes he compartido un romántico (e inolvidable) viaje a Valladolid


Es imposible no tropezarse con él. Una estatua de bronce con su figura erguida sobre una columna, en cuya base un ángel toca el arpa, preside el paseo Zorrilla, frente a una de las puertas del Campo Grande. En una mano lleva un libro. Pero lo sostiene con los dedos y con el brazo extendido como si lo acabara de bajar después de leer un verso que le hubiera hecho mirar al horizonte. Me gustó esa estatua, que está tan alta que no hay forma de mirarla sin que el cielo al fondo la envuelva en sombras. Las faldas de su chaqueta se elevan por el impulso de su paso apresurado, de forma que Zorrilla aparece siempre encaminándose hacia el parque, dispuesto a perderse entre los árboles.

En su casa, me lo imaginaba ya anciano, en alguna oscura noche de invierno, sentado en su sillón, en un descanso de la escritura, mirando las flores pintadas en las paredes con fondo azul celeste o dejándose hipnotizar por los pájaros disecados que en una enorme jaula dorada le regaló, según nos dijeron, el emperador Maximiliano cuando el poeta abandonó México.

Fue muy emocionante tocar su escritorio, robusto, de madera, que parecía haber sido fabricado ayer a pesar de tener dos siglos de antigüedad, y eso que, al parecer, el escritor siempre se lo llevaba consigo en todos sus viajes, y viajó mucho, porque sentía que no podía escribir en otro sitio.

La casa tiene dos plantas y un jardín. Además de su escritorio y una librería de madera con puertas de cristal, había también una habitación con una cama y una sala de música, con un arpa en un rincón y un piano. Esa sala, en la que había algunas sillas y un sofá en un lado de la pared, me recordó a las habitaciones de las novelas de Jane Austen donde se invitaba a tomar el té y a pasar una velada de música y conversación, en un ambiente en el que los marcos dorados de los cuadros, las alfombras y las paredes cubiertas de arriba abajo de pinturas de colores suaves no disimulaban del todo cierta sensación de vida desenfocada mientras la tarde declinaba hasta una fría penumbra. Y si a veces había poetas en esas habitaciones, imagino la melancolía que dejarían sus cantos a la naturaleza o sus fugaces visiones de amores inmortales.


Cuando nos íbamos de allí miré la habitación por última vez. Una repentina ráfaga de viento que subió desde el jardín agitó la cortina de una ventana y, con su ondulación, una leve sombra acarició la pared. Y de la misma forma que el aire invisible acaricia los campos de trigo, los pájaros azules de las paredes levantaron el vuelo en silencio.



Tú con tu luz plateada
Das de la sombra a la nada
Los contornos del misterio.


¡Oh noches encantadoras,

Volved con tanta riqueza!

¡Hermosas son vuestras horas,

Que embellecen seductoras

Del ánima la tristeza y

Como aquéllas ¡no hay alguna;

Que en vez de sombra importuna

Traen por orgullo con ellas

Mil ejércitos de estrellas

Cortesanas de la luna.


Fragmento de La luna de enero