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sábado, 29 de noviembre de 2014

Las almas encarceladas de Stevenson


Cuando uno lee los cuentos de Stevenson no sabe si es posible encontrar el bien en este mundo, pero no le cabrá ninguna duda de que el diablo existe.

El Mal en estado puro asalta a los personajes, o mejor dicho, los espera. No es que ellos se sientan atraídos por el Mal, no lo buscan, pero en un momento dado toman una decisión que les conducirá hacia su encuentro, como si perdieran su libre albedrío y se vieran arrastrados por una corriente tan repulsiva como fascinante hasta desembocar en la oscuridad más absoluta. 

En ese infierno, cuyo lugar puede ser la memoria, la locura o el pecado, los personajes se quedan atrapados para siempre o, como almas encarceladas, acaban convertidos en fugitivos incapaces ya de volver a una vida normal.

“Perdóname si doy la impresión de querer enseñarte”, dice una de esas almas encarceladas en el relato Olalla, “yo que soy tan ignorante como los árboles de la montaña; pero los que aprenden muchas cosas no hacen más que arañar la superficie del conocimiento; entienden las leyes, conciben la dignidad de su propósito…, pero el horror del hecho real se esfuma de su memoria. Somos nosotros, los que nos quedamos en casa en compañía del mal, los que recordamos”

En casa en compañía del mal… el horror del hecho real... 

El mal es un presencia real en estos cuentos. Se puede tocar gracias a la habilidad de Stevenson para crear atmósferas. Frase a frase va tejiendo una malla que envuelve al lector y a los personajes hasta dejarlos frente al corazón de la historia, que nunca es sencillo ni claro, sino oscuro y melancólico como el pasional combate contra las flaquezas humanas.

***
R.L. Stevenson, de John Singer Sargent


Robert Louis Stevenson (1850 -1894) escribió mucho sobre al lado oscuro del hombre, pero nunca olvidó que lo que perseguía era la verdad. Una verdad a medias, pero verdad al fin y al cabo. En esa búsqueda había tres peligros que podían arruinar una obra de arte: la frivolidad, la falta de sinceridad y la parcialidad. Ofrecer una imagen engañosa del mundo y de la vida es una forma de inmoralidad que descalifica cualquier libro. Por eso no le gustaba nada Baudelaire y todo su "fárrago de horrores sin sentido". Tampoco sentía mucho aprecio por Edgar Allan Poe. Aunque admiraba su "increíble capacidad para adentrarse en esa cuestionable región que se extiende entre la cordura y la demencia", pensaba que su desbordante imaginación inclinaba sus relatos hacia el sensacionalismo. 

Algunas de estas opiniones están recogidas en 'Escribir. Ensayos sobre literatura', de la editorial Páginas de la Espuma, que ahora acaba de publicar los relatos de viajes de Stevenson. 


miércoles, 19 de marzo de 2014

El eterno porvenir

Viaje (R. A. / 2014)

El poeta es un viajero para quien el tiempo siempre es un porvenir. Sea el pasado o el futuro, el lugar donde cae es para él un territorio inexplorado y tan peligroso que la locura de aventurarse en tales expediciones solo se explica por una confianza ciega en las posibilidades de la vida o por una fe absurda en la reversibilidad del tiempo. Como un nadador que se sumerge en un mar sin fondo, el escritor se entrega al abrazo de dioses invisibles. 

Como ese pasajero del tiempo que, esclavo del azar, da vueltas por la eternidad a lomos de una máquina oxidada, el poeta se cuela por las rendijas de lo entrevisto para acceder a los lugares de la imaginación en busca siempre del mismo sueño. A su regreso, cansado e inmortal, trae conchas marinas, piedras crujientes de escarcha, ramas perfumadas… Nada que le pertenezca. Como ante un paisaje dibujado con cera quemada, el poeta no reconoce lo que ve.

Cada pensamiento dedicado a lo vivido agranda la distancia y de esa forma sentimos que los recuerdos se consumen en el aire como nubes de algodón. Como viajeros del tiempo, cuanto más intentamos acercarnos a nuestra parte de felicidad, más nos alejamos de lo único que nos la devolvería intacta: el olvido. Así parece actuar la memoria, como un regalo que no merecemos.

sábado, 1 de junio de 2013

Fantasmas del amor

Tiempo pasado (E.A. / 2013)

Los fantasmas pueden aparecer como sombras de una traición y el horror que despiertan es mayor cuanto más delicado es el vínculo de lealtad de cuya ruptura surgen. Es como dar un mal paso sobre una capa de hielo. Un descuido abre una fisura y de ella brotan arterias que se expanden en todas direcciones. Toman caminos imprevisibles y si no les prestas atención una de ellas se vuelve contra ti y te arrastran a un lugar fantasmal habitado por sombras que no proyectan sombra. Un buen día despiertas y ahí tienes a tu fantasma reclamando la vida que le negaste. Cuando los fantasmas nacen del amor nos atan a un instante del pasado y, reclamando su promesa de eternidad, nos alejan de la vida. 

El fantasma de Jack Pansay es la criatura de un amor loco, desesperado y desigual. Su historia la escribió él mismo, pensando que quizá ponerle palabras a su pesadilla lo ayudaría a apaciguar su mente. De su testimonio surgió el cuento de Kipling ‘El rickshaw fantasma’, donde el narrador deja a elección del lector si el pobre Pansay fue, a la postre, víctima de un simple agotamiento mental por exceso de trabajo o del tormento causado por seres del mundo de las sombras. Él sabe que su historia es descabellada e increíble, pues nos anima a aceptar que hay seres invisibles que pueden influir en nuestras vidas e incluso que tienen la capacidad de arrastrarnos con ellos a un lugar de tinieblas donde los remordimientos por el dolor causado nos infectan el alma. 

Lo que más desasosiego produce en este cuento es el tono resignado y compungido con el que Pansay relata el acoso que sufre por parte del espectro de quien, en el pasado, fue la mujer que llenó su vida. Cuando conoce a la señora Agnes Keith-Wessington y se enamoran, él sabe que el amor de ella es mucho más puro. La imagen congelada de su deseo vuelve convertida en pesadilla, y él sabe que el poder que tiene sobre él se alimentó tanto de la fuerza de su amor como de la impiedad de su desamor. “Un solo paso media entre lo horrible y lo corriente”, escribe Pansay, que no se da cuenta en qué momento él lo dio. Intenta comprender lo ocurrido demasiado tarde: está ya en el otro lado, donde él y su fantasma son las únicas realidades de un mundo de sombras. ¿Hace bien Pansay alimentando un amor que sabe pasajero? ¿Tenía derecho a hacerle creer a ella que su amor era una culminación? ¿Creyó que podía salir indemne de esa relación sin aceptar su parte de culpa en la destrucción del amor? El fantasma aparecerá para obligarle a plantearse esas preguntas y asumir la carga que le corresponde de un amor arruinado. 

“Anhelaba estar entre las realidades de la vida, al tiempo que sentía una vaga infelicidad cuando pasaba demasiado tiempo separado de mi fantasmal acompañante. De día paseaba con al señora Wessington, casi satisfecho. De noche, imploraba a los cielos que me permitieran volver al mundo tal y como lo había conocido antes. Y por encima de tan variables estados de ánimo, destacaba un sentimiento de sorpresa apagado y entumecedor por el hecho de que lo visible y lo invisible pudieran mezclarse de un modo tan extraño en este mundo y asediar a una pobre alma hasta la tumba”.

Yo no sé si el rickshaw que atormentó a Pansay fue un delirio de una mente agotada o un ser de otro mundo. Quizá las dos cosas. Lo que sí creo es que, como dice Pensay, un solo paso separa lo corriente de lo horrible, y que lo que nos sujeta a este lado de la vida es tan frágil como una capa de hielo sobre un lago. El amor nos ata a la vida, pero es tan extraño que lo mismo nos hace caminar por esa fina capa de hielo hacia la eternidad como nos extravía por rincones del pasado donde hay sombras que ya no proyectan sombras, como el rickshaw de la señora Wessington. 

*** 

Rudyard Kipling (Philip Burne-Jones / 1899)

Rudyard Kipling (1865-1936) publicó ‘El rickshaw fantasma’ en 1888 en un volumen de cuentos que también incluía ‘El hombre que pudo ser rey’, la historia que fue llevada al cine por John Huston. Pasó buena parte de su juventud en Lahore (Pakistán), donde trabajó como periodista en un periódico local. Allí publicó sus primeros cuentos. A los 26 años se casó con Carrie Balestier en Londres. Entre 1892 y 1896 vivieron en Estados Unidos. Cuando volvió a Inglaterra ya había escrito algunas de las novelas que le dieron fama, entre ellas ‘El libro de la selva’. Vio morir a dos de sus tres hijos: su hija primogénita por una pulmonía, su único hijo varón en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Su defensa del patriotismo, del honor del soldado británico y del imperialismo le llevó a ser considerado como el máximo exponente del pensamiento reaccionario. Fue famoso y popular, pero denostado por los intelectuales de izquierda. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1907. Recientemente se encontraron en Nueva York cincuenta poemas inéditos de Kipling, entre ellos uno muy divertido dedicado a la prensa y otro, muy amargo, dedicado a la muerte de su hijo en 1915, en una de las primeras batallas de la Gran Guerra: 

Tres veces herido; tres veces gaseado
Tres veces naúfrago, finalmente lo perdí.
Fue un alma de Dios hasta que enloqueció
Pero ya no importa, ya está bajo la tierra.
Si alguien le pregunta porqué murieron
Dile que fue porque sus padres mintieron. 

La editorial Acantilado publicó hace poco una antología de sus ‘Relatos’, que en palabras de José María Guelbenzu es “una auténtica joya, un regalo, un golpe de felicidad”. También Sexto Piso recopiló sus relatos en un volumen que publicitó como una oportunidad para “desmontar los estereotipos de escritor imperialista, misógino y disneyizado que encorsetan a Kipling”. Yo he leído la recopilación, más modesta y económica, que lanzó Alianza con el título ‘El hombre que pudo ser rey y otros relatos’, con traducción de Lorenzo F. Díaz.

sábado, 9 de junio de 2012

Una eternidad de preguntas


¿Cuántas preguntas son realmente importantes? “Si son importantes, las que cuentan son muy poquitas. Hay que tener ojo con lo que uno pregunta, no hay que querer saberlo todo, porque saber los detalles no significa saber lo que importa”. Eso me dijo una amiga cuando un día quedamos en nuestro café preferido y terminamos hablando sobre lo que nos es permitido saber en esta vida y cómo podemos llegar a saberlo. Quizá el camino del destino esté empedrado de las preguntas que nos hacemos. Eso es todo. Visto así es verdad que las preguntas son pocas, un puñado. Pero lo que yo quise hacerle ver a ella es que la vida tiene reservada para cada uno de nosotros una sola pregunta, tan esencial que cuesta una vida formularla del todo. “¿Por qué una sola?” –me preguntó ella-. No lo sé, pero así creo que es. Puede que sea porque esa pregunta es la entrada de cada uno en su ser, la puerta de acceso a la comprensión de su propia vida. Y cuando se pone un pie en ese umbral, la pregunta se deshace como una bola de nieve aplastada entre los dedos, dando lugar a una eternidad de preguntas.

Mi amiga tiene una mente analítica y no le gusta nada que las cosas se queden flotando como pensamientos de duermevela. Así que pidió un segundo café y me obligó a seguir tirando del hilo. Es verdad, por lo tanto, que las preguntas fundamentales son pocas, pero insistí en que si uno da en la diana y abre la puerta adecuada lo que verá le hará desistir de esperar respuestas. Tan importante es encontrar la pregunta como aceptar que la respuesta no llegará nunca.

En la novela ‘El río de la vida’, que no sé si mi amiga ha leído, el narrador, Norman, su hermano Paul y su padre han aprendido a no temer esa falta de respuestas. Supongo que ser pescadores de río les ayudó a aprender esa lección. Yo no he pescado nunca, y no me imagino a mi amiga con una caña al hombro, pero sí me gustan los ríos. Quien haya estado alguna vez mucho rato observando la corriente de un río bajando entre las piedras entenderá a Norman cuando dice en su libro: “yo antes pensaba que lo primero fue el agua, pero si escuchas con atención oirás que las palabras están debajo del agua”. Fluye el agua, monótona, interminable, con un susurro de estrellas arrastradas entre nubes, y entre los destellos que lanza el agua al rozar una roca y el cielo sumergido bajo la corriente uno deja de ver el río y ya no sabe lo que ve. Hay que ser un artista de la pesca para saberlo.

¿Y qué es lo que nos dice el río?, me preguntó mi amiga, aunque sé que me estaba poniendo a prueba porque si alguien tiene alguna idea sobre eso era ella. Yo apuré el café y dije algo sin pensar o, más bien, dije algo para ocultar lo que pensaba. El río fluye sobre las palabras. Sus voces brotan oscuras cuando el río pasa por las sombras proyectadas por los peñascos, y afloran en las zonas cristalinas inundadas de luz. Al parecer tiene muchas cosas que decir, aunque es difícil apreciar lo que nos tiene reservado a cada uno de nosotros: que lo importante no son las respuestas, sino las preguntas; que para amar no es necesario comprender del todo; y que, por eso, tan importante como formular las preguntas es saber cuándo hay que dejar de hacerlas. Llega un momento en el que una pregunta solo encuentra respuesta en otra nueva, dando así lugar a una eternidad de preguntas.

"How can a question be answered that asks a lifetime of questions?"

Salenques (E.A. & J. M. / 2012)


miércoles, 18 de enero de 2012

Escribir con el corazón

Bajo el cielo (E.A. 2011)

¿Se escribe con el corazón o con la cabeza? ¿Se puede escribir una obra de arte desde la desesperanza? ¿Se puede crear desde la benevolencia? ¿Debe la literatura ofrecer esperanza? ¿Puede ser solo una descripción del Mal? Estas cuestiones están en el fondo de muchas de las cartas que se cruzaron Gustave Flaubert y George Sand, que discreparon sobre la ‘poética de la ficción’ con la misma pasión con la que forjaron una amistad que duró muchos años. En algo estaban de acuerdo: el arte es una ardua búsqueda de la verdad. Pero cada uno la buscaba por caminos diferentes.

Flaubert defendía un arte puro y científico, que captara la verdad de las cosas, despojada de las emociones subjetivas del autor. A través de una observación atenta, las cosas se revelarían en su fría verdad. Luchó por evitar cualquier tipo de coartada sentimental que pudiera edulcorar la realidad. No se daba cuenta de que esa predisposición ya estaba impregnada de su personalidad escéptica, distante y pesimista.

Sand, en cambio, miraba la vida desde la bondad y reprochaba a Flaubert una visión limitada de la vida en su arte. “El arte no es solamente crítica y sátira. Crítica y sátira no pintan más que una parte de la verdad. Yo quiero ver al hombre tal como es. No es bueno ni malo. Es bueno y malo. Pero hay algo más, el matiz, que para mí es la meta del arte”. A fuerza de buscar la verdad con su frío método, Flaubert se alejaba de algún tipo de verdad misteriosa, que quizá esté fuera del alcance de la razón. No se puede buscar la verdad sin un acto de fe: la confianza en la posibilidad que tiene el ser humano de elevarse sobre sus limitaciones. Sand creía que las cosas escondían una promesa hacia el Bien. “Huyo de la cloaca y busco lo seco y limpio, segura de que es la ley de mi existencia”. La suya es una poética de la esperanza, inalcanzable para alguien que, como Flaubert, esté encadenado a la soledad. Para ella el camino del arte pasa por la dulzura; para él solo puede ser una fuente de angustia.

Para Flaubert la literatura es un laboratorio científico donde diseccionar la vida, y el escritor un espectador altivo que se desentiende de las preocupaciones humanas. Mientras que Sand cree en la literatura como en un espacio más dentro de la vida, un campo de experiencias y de búsqueda. Uno puede ser frío y objetivo en la descripción de los objetos, pero no al enfrentarse a los actos humanos, dice Sand, que le aconseja a Flaubert: “Deja de lado las convenciones realistas y regresa a la verdadera realidad, que presenta una mezcla de lo bello y lo feo, de lo apagado y lo brillante, pero donde la voluntad del bien encuentra a pesar de todo su lugar y su utilidad”.

Yo creo que esto vale tanto para las novelas como para la vida

***

Se vieron muy pocas veces, pero fueron amigos íntimos. Su correspondencia da fe de su amistad. En las cartas que se cruzaron se habla de literatura y de la vida, de la amistad y del amor, de política y de sentimientos; siempre con admiración mutua, respeto y ternura. A pesar de los consejos de su ‘querida maestra’, como novelista Flaubert ocultaba su corazón. Aquí no.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El reflejo dentro del espejo

Una página en blanco (E.A. 2011)

Cuando Carson McCullers empezó a escribir El corazón es un cazador solitario no conocía a Isak Dinesen, ni siquiera había leído nada de ella. Y sin embargo, estaban ya conectadas de alguna forma, y ese algo que las unía debió crecer durante la escritura de esa primera novela. En el invierno de 1936, McCullers cae enferma y, durante su convalecencia en su ciudad natal de Georgia, empieza su novela, la historia de un sordomudo que atrae a personas que luchan para romper su aislamiento y expresarse plenamente a sí mismos.

Y fue justo al año siguiente cuando la joven escritora americana descubre a la cuentista danesa. En esa época, Karen Blixen acababa de regresar de su aventura en África y ya se había convertido en Isak Dinesen con su primer libro de cuentos, Siete Cuentos Góticos, y las memorias de su granja de Kenia. Tenía más de cincuenta años y esos eran sus dos únicos libros publicados. Carson McCullers los leyó entonces, con veinte años, a la misma vez que escribía El corazón es un cazador solitario. Luego volvió a leerlos muchas veces a lo largo de su vida, pues eran sus preferidos entre las obras de Dinesen, y siempre experimentaba la misma “sensación de consuelo y de libertad”, según contó en su autobiografía. Ella pensaba que la autora danesa había influido en su escritura “de una forma muy sutil”, y parece querer decir que la alentó en la búsqueda de la belleza y en el amor a las palabras.

A primera vista las historias sobre las que escribieron no pueden parecer más alejadas unas de otras. Las de Carson McCullers tratan de personajes enfrentados a las fuerzas del mundo exterior: un médico que ayuda a los negros en una sociedad que les discrimina, un alcohólico que divaga sobre la revolución comunista, etc. Los cuentos de Dinesen nos llevan a un universo romántico de palacios, bosques, condes, jardines y damas angelicales. Sin embargo, sus historias me parecen igual de extrañas. Sus personajes tienen la misma calidad evanescente, como si los viéramos a través de un velo; una extrañeza que, lejos de convertirlos en títeres, los hace verdaderos. Eso es lo que yo percibo cuando leo a estas dos escritoras, eso es lo que creo que les une.

Como lectores buscamos claridad, una armonía que nos consuele de nuestra condición inestable e incierta. Y lo que nos ofrecen sus relatos es más incertidumbre. Eso nos inquieta, pero arrastrados por la fuerza de sus palabras seguimos buscando hasta que una frase, una imagen, nos acarician con una dulzura tal que aceptamos la bella fugacidad de las cosas. Dinesen decía: "Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver". Es solo a través de las cosas visibles (un árbol despertando entre la niebla, una lluvia repentina sobre un campo soleado, la luz de las velas derramándose por las cortinas de terciopelo) como se iluminan las vidas de las personas, mostrándonos en un instante su destino. Y eso ocurre en extraños momentos, que solo se abren cuando permanecemos con el alma despierta. Como reflejos dentro de un espejo. Por eso Dinesen dice que al final de una historia “hablará el silencio”, si el cuento está bien contado. Entonces, hasta el canto de un pájaro cobra sentido, aunque sea “triste como una pregunta sin palabras”, como dice McCullers.

Ese es el único orden de las cosas al que podemos aspirar. Pero en su parcialidad está su belleza y quizá, también, nuestra salvación. La existencia, solo un reflejo en un espejo antes del amanecer, o en una página en blanco que nos hablará.

“- El mundo ha sido muy duro conmigo, Anders; conmigo y contigo también. Pero los dos sabemos que después de probar la hiel amarga de la vida, resulta mucho más dulce y más grata la felicidad. Ser feliz, Anders, ¿No te seduce a ti esta palabra? ¿No se ensancha tu corazón y tu alma al pronunciar estas palabras, feliz, felicidad?
- Pero es ya demasiado tarde –intervino Anders-. Los acontecimientos suceden aunque no estemos nosotros presentes. Ésa es la desgracia, la gran desgracia que tú no conoces. Los gallos están cantando, aunque tú ni yo les oigamos ahora.
- Pero ahora todavía no están cantando. Todavía no es de día, Anders. No es siquiera la medianoche.”
El poeta (de Siete Cuentos Góticos), Isak Dinesen

viernes, 11 de noviembre de 2011

El cuarto interior

Caminos de otoño (D. A. / 2011)

Carson McCullers empieza su autobiografía diciendo que el amor y el trabajo han llenado su vida. Cuando la lees no te queda ninguna duda de que eso es cierto, aunque más por el trabajo que por el amor. Sufrió tanto por sus enfermedades que es doblemente triste pensar que también el amor fue para ella fuente de dolor. Solía decir que cuando no estaba inspirada en el trabajo, sentía el alma decaída; pero también las decepciones del amor causaron estragos en su salud. Se enamoró a los 17 de un joven bello y vital, lleno de sueños. Pero sus relaciones fueron tortuosas y malsanas y el “joven glorioso” se convirtió pronto en la peor catástrofe de su vida.

Para referirse a su trabajo como escritora utiliza expresiones como emoción, gratitud, iluminación, misterio, relámpago, bendita luz. En cambio, cuando habla del amor solo se ve aislamiento, pérdida y oscuridad. Lo llamaba ‘cazador solitario’. Lo que nos hace naufragar, parece decir, es lo mismo que da sentido a nuestras vidas. De la misma forma que las mejores palabras brotan de un lugar silencioso, las cadenas de la soledad solo se rompen en soledad. De ahí el tono sereno y transparente de sus novelas: como si amara a sus personajes pero los viera desde muy lejos en el tiempo, incitándonos a aceptar lo que les ocurre con resignada fatalidad.

Mick, uno de los personajes que protagonizan ‘El corazón es un cazador solitario’, es una chica soñadora, que camina por ahí “como si buscara algo perdido”. Testigo de vidas a la deriva, se siente tan confusa como los otros, es una más entre las personas que “cuentan sus secretos al vacío”. Pero ella tiene algo que la salva de la destrucción que amenaza al resto de personajes: un lugar personal al que recurre en busca de consuelo y donde la soledad se convierte en su arma contra el aislamiento. En el exterior parece que no ocurre nada decisivo, pero cuando Mick se echa en el sofá, cierra los ojos y penetra en “el cuarto interior”, hasta el canto de un pájaro cobra sentido, aunque sea “triste como una pregunta sin palabras”.

***

Mi escena preferida de su autobiografía es la que cuenta cómo a los veinte años, durante un viaje, unos amigos le insisten para que lea a Isak Dinesen. "Cuando ya estábamos en el coche, listos para salir, me pusieron dos libros en la falda: Memorias de África y Siete Cuentos Góticos. Empecé Memorias de África en el coche y leí hasta la caída del sol. Nunca me había sentido tan maravillada. Después de años leyendo este libro, y lo he leído muchas veces, cada vez que lo empiezo sigo experimentando una sensación de consuelo y, a la vez, de libertad".

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un rincón iluminado

Caen las hojas (Domingo Arroyas 2011)

Hacia otro verano trata de una persona que es incapaz de comunicarse con el mundo. Hay algo en ella que convierte cualquier acercamiento a otro ser humano en un paso en falso. Es decir, el obstáculo que impide la comunicación no es exterior, sino que está dentro de ella, incluso es aquello que la constituye. Por eso, ella dice de sí misma: soy un pájaro migratorio.

“Cual pájaro migratorio, en silencio, separada de todos los seres humanos…”

Ella lo sabe y ya no lucha contra esa incapacidad. Sabe que es incurable y se resigna a padecer sus efectos. Lo peor es el constante temor a decepcionar a los demás, a no responder. Encerrada en sí misma, aislada, “sin ofrecer regalo alguno ni de día ni de noche”. Es escritora. Es un pájaro migratorio.

Cuando vuelve a su apartamento después de pasar un fin de semana fuera, sobre la alfombra le espera solo una carta de la compañía de electricidad. No se trata de soledad, la ha echado de menos. Durante el fin de semana le ha asaltado a cada momento el deseo de volver a casa y sentarse en el rincón junto a la librería, delante de su máquina Olivetti, dormir, “volver la espalda a las luces de la calle y cerrar los ojos". Allí, en ese rincón iluminado por una lámpara de pie, protegida por las hileras de libros en los estantes, cercada por la oscuridad, ante su máquina de escribir sí es capaz de conversar.

No es la soledad, es el miedo a estar en un lugar equivocado, sabiendo lo fácil que es encontrarse de repente en él cuando nos alejamos de ese rincón iluminado. Sin embargo, ¿no es cierto que vivir consiste en caer en ese lugar? Y ese lugar es distinto para cada uno, y no podemos escapar de él.

Desde este rincón iluminado escribo, mientras Natalia, sentada en el suelo con un libro entre las piernas, recita un poema una y otra vez hasta que se lo aprende de memoria:

“Nadie me escucha / nadie me ve / soy transparente / soy de papel / soy una sombra tras el ciprés, / si no me encuentran /¡¿qué puedo hacer?!”
***

Janet Frame escribió esta novela, encuadernó dos copias mecanografiadas y las guardó en dos lugares separados. No dijo nada sobre lo que se debía hacer con las copias, y la novela fue publicada después de su muerte.

sábado, 24 de septiembre de 2011

No alcanzan las palabras

El puente (E.A. 2011)


Las palabras son importantes, pero escurridizas, y a veces se devalúan o las abaratamos por descuido. Pero ellas saben que en cualquier momento las necesitaremos. Nos harán falta. Las necesitaremos tanto como el agua para vivir. Son esos momentos de la vida que ponen a prueba el sentido de las palabras. Cuando elegir una parece que nos compromete. Sentimos entonces todo el peso de las palabras, y recordamos con extrañeza su antigua levedad.

Creo que esos momentos están relacionados con la verdad, y jamás con la mentira. Enfrentados a algo en lo que intuimos una verdad (un rostro humano que sufre, alguien que se ha perdido, alguien que ama sin conocer el amor), buscamos palabras limpias como si invocáramos a los espíritus del tiempo en que las aprendimos. ¡Cuánto deseamos entonces que esas palabras elegidas tan cuidadosamente lleguen al otro con la pureza de lo que se escucha por primera vez! El cuerpo siempre es puro; ante él, las palabras parecen harapos.

Si pensamos en las cosas mejores que nos han pasado ¿qué hay? ¿una palabra dicha o escuchada? ¿un discurso, una lección, un poema? Una mirada, una caricia, un color extendido en el aire, un horizonte, un puente frágil entre la maleza… La palabra es una luz tenue, que se debilita aún más cuando más brilla la vida. Sí, las palabras son frágiles, pero sirven para devolvernos la vida que vamos gastando.

***

Nunca alcanzan las palabras. Eso es lo que dice todo el rato el narrador de Gilead, la novela con la que Marilynne Robinson ganó el Premio Pulitzer en 2005. Esta novela es la carta que un pastor metodista de un pueblo de Iowa le escribe a su hijo de siete años con la intención de que la lea cuando él haya muerto. Cuando escribe tiene más de setenta años, le queda poco tiempo de vida y sabe que ya no tendrá la oportunidad de que su hijo conozca cómo fue su vida. Por eso decide contarle el puñado de cosas que ha aprendido. 

Es un hombre acostumbrado a tratar con las palabras: en el desván acumula cientos de cuadernos con todos los sermones que ha pronunciado a lo largo de su vida de pastor. Conoce bien el poder que tienen ("mide tus palabras", es el primer consejo que le da a su hijo), lo mismo que su quebradiza superficie. A menudo termina sus relatos con un 'no tengo palabras' o 'es un buen asunto para reflexionar'. No me alcanzan las palabras, repite una y otra vez, pese a lo cual sigue adelante con su testimonio, que es una hermosa huella del paso de un hombre bueno por la tierra, una declaración de agradecimiento a la vida a la vez que de asombro ante el misterio de la existencia.

"Oíd bien y no entendáis, ved por cierto mas no comprendáis, como dice el Señor. No puedo afirmar que entienda este dicho, por más veces que lo haya escuchado e incluso predicado sobre él. Sencillamente, establece un hecho misterioso y profundo. Uno puede conocer algo a fondo y, sin embargo, ser a todos los efectos completamente ignorante de ello. Cabe que un hombre conozca a su padre, o a su hijo, y a pesar de ello no exista entre los dos más que lealtad y amor y mutua incomprensión"

viernes, 17 de junio de 2011

La señora Hawkins


El lago (E.A. 2011)

La señora Hawkins es una mujer extraña. Me gusta porque es de esas personas que cuidan de lo que podríamos llamar los ‘caminos de servicio’ de la vida. Por eso, cuando nos revela sus pensamientos o nos cuenta sus recuerdos, descubrimos que en esta vida son muy importantes los fragmentos que nos pasaron inadvertidos. Es decir, que el destino se sostiene sobre esas vivencias desestimadas tanto como sobre los sucesos a los que más atención prestamos. Y esa es la razón de que el destino nos sorprenda o nos parezca fortuito. Si no lo comprendemos es porque no hemos atendido con el suficiente esmero a las cosas pequeñas que importaban.
Aunque su nombre de pila era Agnes y ella prefería que la llamaran Nancy, todo el mundo la conocía como señora Hawkins.  Cuando yo supe de ella no dormía mucho. Tenía insomnio, pero no lo consideraba un padecimiento, sino un hábito. Eso decía: adquirió el hábito del insomnio, y no era malo en sí mismo porque le permitía escuchar el silencio y disfrutar de “la experiencia de la oscuridad, los pensamientos, la memoria, las dulces ilusiones”. Ella suele hacer eso, darle la vuelta a las cosas. 
Probablemente gracias al hábito del insomnio y a su singular forma de ser, mirando la oscuridad y escuchando el silencio, pudo escribir sobre su pasado cuando vivía en una casa de huéspedes de South Kensington y trabajaba en una pequeña editorial como “chica para todo, correctora de pruebas, consejera literaria y secretaria suplente”.
Cuenta en su libro de recuerdos que en aquella época le tocó (así lo dice) dar consejos a muchos autores que querían escribir su primera novela pero no sabían cómo empezar o cómo encontrar el tono adecuado. Y éste era el tipo de cosas que les decía:
“Le está usted escribiendo una carta a un amigo. Es un amigo muy íntimo y querido, real o, mejor, inventado en su mente como una fijación. Escriba de forma privada, no pública, sin miedo ni timidez, hasta el final de la carta, como si no fuera a ser publicada nunca, de modo que su verdadero amigo la lea una y otra vez y luego desee recibir más de esas encantadoras cartas suyas. Usted no escribe acerca de la relación entre él y usted; eso lo da por sentado. Sólo le confía una experiencia que usted cree que sólo él disfrutará leyendo. Lo que tenga que contar le saldrá más espontáneo y sincero que si piensa en numerosos lectores. Antes de empezar la carta ensaye mentalmente lo que va a contar; algo interesante, su historia. Pero no ensaye demasiado, la historia se desarrollará a medida que la va escribiendo, sobre todo si se la escribe a un amigo especial, hombre o mujer, para hacerle sonreír, o reír, o llorar, o lo que quiera, siempre y cuando sepa que le interesará.  No olvide que no debe pensar en el público lector, eso le desanimaría”.
***

La señora Hawkins es la narradora del libro 'Muy lejos de Kensington', de Muriel Spark.
De Muriel Spark se están reeditando en España algunos de sus mejores libros, tanto novelas como relatos. De ella me gustó muchísimo también La plenitud de la señorita Brodie, que está considerada como su mejor novela.
Yo sería incapaz de decidirme entre la señora Hawkins y la señorita Brodie, dos mujeres muy peculiares a las que uno nunca termina de conocer.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Pero nunca derrotado


Marlowe & Chandler (E. A. 2011)

Philip Marlowe era la persona a través de cuyos ojos a Raymond Chandler le gustaba mirar la vida y el mundo.


No lo conocía a fondo, pero sí lo suficiente para saber que era un hombre honrado. Los dos sabían que el combate de un hombre honesto por ganarse la vida en una sociedad corrupta solo puede terminar en fracaso, y que el éxito es siempre una estafa, en todas partes.


A veces, el detective le servía para corregir las imperfecciones de la vida. Por ejemplo, Marlowe era un solitario, cuando Chandler era un amante de la soledad que no podía vivir solo. Y era un luchador en medio de una tragedia que, sin embargo, tenía final feliz; mientras que el escritor vivía una vida feliz que sabía abocada a la tragedia.

En una de sus cartas, Chandler describió a su detective de tal forma que en realidad lo que estaba haciendo era hablar de ellos dos, fiel a su idea de que el estilo era un producto de una cierta cualidad de emoción y percepción: 
“Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio quemante, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí mismo”.
Hay, sin embargo, un aspecto en el que el hombre supera a su personaje: el amor. Mientras que por coherencia con la historia que se relata, Marlowe es incompatible con el amor; Chandler fue bendecido por un amor que duró toda su vida. Cuando murió su mujer, escribió: “Fue el latido de mi corazón durante treinta años”. Es como si dijera: esta clase de detective (incorruptible en un mundo corrupto) no existe en la vida real; y esta clase de amor no puede existir en la ficción.
A mí me gusta verlos a los dos como él veía a su detective: 
“Lo veo siempre en una calle solitaria, en cuartos solitarios, desconcertado, pero nunca derrotado”.

sábado, 26 de febrero de 2011

La vida como reescritura


Lo que querías de esta vida (E.A. 2011)


Me he encontrado con este artículo que trata sobre las relaciones entre Carver y su editor, Gordon Lish, a propósito de la polémica sobre la auténtica valía de los relatos del autor de 'Catedral'. Según algunos investigadores, el estilo despojado y elíptico de Carver se debe a las correcciones de Lish, que editaba sus textos e incluso cambió los finales de muchos de sus relatos. La polémica, que ya es antigua, se ha reavivado ahora con la publicación en Anagrama de Principiantes, los relatos de Carver antes de la intervención del editor. Al parecer, la labor de Lish tuvo una influencia decisiva en el estilo tan característico de Carver. Creo que es una buena historia sobre la importancia de los editores. Al final lo que queda es el cuento, que no existiría sin el mundo visto por su autor y que probablemente no sería tan bueno sin la intervención de los editores. En el artículo se dice: 

La generosidad de espíritu obliga a aceptar a Lish como un otro yo de Carver que le permitió al autor alcanzar la perfección o, también, la "especificación fuerte" como él mismo denominaba a la buena literatura.

Todo buen autor (todo hombre, en realidad) hace de su vida un ejercicio constante de reescritura estética, histórica y moral.

En la escritura, como en la vida, somos eternos principiantes. Nos gustaría tanto reescribir nuestras vidas: dejar a oscuras aquella habitación, silenciar esa voz, hacer que pasara un tren en el momento que pronunciamos aquellas palabras, abrir la puerta que no abrimos la última tarde, espolvorear de adjetivos el beso silencioso... No podemos volver atrás, pero tenemos el tiempo y la memoria como los mejores editores. Si los utilizamos bien, el cuento de la vida puede ser luminoso, incluso con toda la melancolía de las cosas perdidas, como los relatos de Carver.  

Los desnudos de Bonnard
Raymond Carver

Su mujer. 
La pintó durante cuarenta años. 

Una y otra vez. El desnudo 
de su último cuadro, tan joven como el desnudo del primero. 

Su mujer. 


Él la recordaba joven. Cuando ella era joven.

Su mujer en el baño. En el tocador
frente al espejo. Desnuda. 


Su mujer con las manos bajo los pechos

mirando al jardín.
El sol derramando
calidez y color. 


Todas las cosas vivas florecen allí. 

Ella es joven y temerosa y muy deseable 

en su desnudez. Cuando ella murió, 

él pintó un poco más. 



Unos cuantos paisajes. Luego se murió. 

Lo enterraron junto a ella. 

Su joven esposa. 


(versión de Mariano Antolín Rato, ligeramente modificado)

viernes, 17 de diciembre de 2010

Un rincón oscuro que amaba la vida


Alguien que no llegaba, algo que no sucedía. (E.A. 2010)


Katherine Mansfield sabía que no podría separar la escritura de la vida, pero incluso ella se desesperaba cuando sentía que al escribir se alejaba de la vida. “Los cuentos parecen algo irreal, algo que no vale la pena escribir. No quiero escribir; quiero vivir. ¿Y qué quieres decir con eso? No resulta fácil explicarlo”. Pero sin ese desgarro no se puede escribir nada bueno. Ser consciente de ese miedo a perder vida con la escritura significa comprender lo importante que es escribir cuando la escritura es expresión de la vida.  

Por eso no le hizo mucho caso a Virginia Woolf cuando se le ocurrió la idea de un nuevo tipo de narrador que captara el flujo de la conciencia, el vuelo de la mente conforme se despliega en el tiempo. “Sólo pensamientos y sentimientos –le escribió Virginia Woolf-, nada de tazas ni de mesas”. Lo importante de la vida se encontraba en el interior de la mente. Ahí es donde había que explorar si uno quería descubrir algo sobre la naturaleza humana, sobre el variable y complejo espíritu humano. Sin embargo, Katherine Mansfield sabía que la vida estaba en las tazas, en las mesas, en el cepillo del pelo, en los troncos de los árboles. Envidiaba a las personas que daban vida a las cosas. Condenada a la irrealidad de la escritura y a la soledad forzada por su extrema sensibilidad, sufrió mucho al ver cómo era capaz de ver la promesa de vida que guardaban las cosas y a la vez tener conciencia de que esa promesa no estaba reservada para ella.

¡Qué extraña Katherine Mansfield! Sus personajes aparecen siempre atrapados en sus vidas, y ella, en cambio, flotaba a la deriva anhelando unas raíces que nunca la sujetarían con la fuerza suficiente. Sus personajes esperan algo que nunca llega, y ella aguarda inútilmente lo que ya ha perdido. La única raíz que le ataba a la vida era la escritura: cuentos, poemas y cartas con las que construir la propia existencia.

Le gustaba sentarse en los bancos de los parques y observar a los niños que jugaban bajo la tranquila mirada de sus madres. Esas escenas cotidianas le hacían sentirse excluida de la vida y le revelaban su soledad:

“Por qué no tengo una verdadera casa, una verdadera vida? ¿Por qué no tengo una niñera china vestida con pantalones verdes y dos niños que se arrojan encima de mí y se agarran a mis rodillas? No soy una muchacha; soy una mujer y quiero las cosas. ¿Las tendré alguna vez?... Quiero la vida, quiero amigos, quiero gente y una casa”.

Al final encontró la manera de ser fiel a la vida y a la escritura. Sufrió mucho, estuvo sola, hizo muchas locuras y al final escribió: 

"!Qué maravillosa es la vida desde el momento en que uno se entrega a ella. Me parece que el secreto de la vida es aceptarla. Discutidla, tanto como queráis, pero, ante todo, aceptadla... Sólo corriendo el riesgo de perderse, entregándose enteramente a la vida, puede hallarse la respuesta." 

Y también, poco antes de morir tan joven: 

"Solamente siendo fiel a la vida puedo ser fiel al arte. Y fidelidad a la vida significa bondad, sinceridad, simplicidad, probidad".