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sábado, 27 de octubre de 2012

Me sentiré sola

Rachel, Rachel (Blaya M / 2012)


Su voz le suena falsa. Se ve los brazos largos y flacuchos. Cuando se mira al espejo encuentra unos ojos grises demasiado grandes para su cara estrecha y angulosa. Se cree demasiado alta y su ropa le parece desgastada.

No sabe cómo la ven los demás.  Y ya se ha dado cuenta de que ella tampoco es capaz de verlos a ellos. Porque no ve bien las cosas. Nunca están a la distancia adecuada: o demasiado cerca o demasiado lejos. Siente que el silencio que la separa de todo “es tan ancho como el cielo”.

Tiene sensibilidad para captar las cosas que le rodean, es observadora, y, sin embargo, la vida pasa ante ella como un acertijo fútil.  Sus pensamientos se despliegan temblorosos como el rocío sobre las hojas. Pero hay oscuridad alrededor y no tiene con quien compartirla.

La vida es un abrir y cerrar de puertas. Una noche se nos abre una para que la oscuridad nos envuelva ocultando todo lo que queda fuera. Un brillo intenso detiene el instante haciendo aflorar lo que hay dentro. Hasta que tiempo después la puerta se cierra sin hacer ruido. Tan suavemente que solo nos damos cuenta cuando intentamos volver a abrirla.

Entonces podemos sentir que todas las puertas están cerradas, prohibidas para siempre. Tanto las grandes como las pequeñas, incluso las que apenas eran una hendidura en el tiempo, el acceso a un mundo soñado. La soledad se convierte en un encierro.

***

Rachel Cameron es una mujer de 35 años que vive en el encierro de la soledad. En la novela Una burla de Dios, de Margaret Laurence, cuenta cómo se ha sentido durante los últimos años. Allí dice algo terrible sobre el encierro de la soledad: “Toda mi vida parece consistir en un encuentro casual, y todo lo que me pasa es inmutable”. Creo que no se puede expresar mejor ese sentimiento. El mundo exterior es extraño e inalcanzable, mientras que todo ocurre en nuestra imaginación, lo real y lo irreal, en una red que nos atrapa e inmoviliza.

Margaret Laurence(1926-1987) es una escritora canadiense que escribió sus mejores novelas en las décadas de los 60 y 70. Publicó Una burla de Dios en 1966, cuando tenía 40 años. Hoy es difícil encontrar en España las traducciones de sus novelas. 
Miguel me recomendó a esta autora. Seguro que él sabe qué fue de Rachel.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Amor robado al silencio

Un pensamiento (E.A. / 2011)

El cielo está muy azul, todavía fresco y cristalino en medio del atardecer, y, pulverizadas sobre él, nubes quemadas por el sol parecen trazar palabras ardientes, que no somos capaces de entender.

Duele pensar lo importante que es el silencio en el acontecer de nuestras vidas. ¡Cuánto depende nuestro destino de esas palabras indescifrables del cielo! Somos como versos escritos en la pared, a la espera de alguien que entre en la habitación, corra la cortina, nos descubra y nos lea.

Una buena amiga mía siempre me aconseja que le diga a mis hijas que las quiero, que no me canse de recordárselo. “Díselo muchas veces, que tu corazón sea su lugar seguro”. El otro día me acordé y se lo dije a una de ellas, y me sorprendió su mirada reconfortada. Con qué transparencia mostraba cómo esas palabras tan repetidas tienen el poder de sonar siempre como la primera vez. ¿Será eso lo que nos dice ese cielo pulverizado de nubes? ¿Será ese el preciado botín del silencio?

Todo el mundo sabe lo que cuesta hacerse con ese botín. Los caminos para llegar a él son tan etéreos y sus señales tan extrañas que a menudo pasamos de largo. En la maravillosa película 'Vidas Contadas', un personaje dice: “La vida solo tiene sentido cuando se mira hacia el pasado, es una lástima que solo se pueda vivir hacia delante y no hacia atrás”. Seguro que algo parecido pensó Ellen Marchmill, una mujer que se enamoró de un poeta a través de sus huellas: unas palabras garabateadas en el papel de la pared, un impermeable colgado en el ropero, sus libros, una fotografía oculta detrás de otra en un marco sobre la chimenea… Su melancólica historia la cuenta Thomas Hardy en ‘Una mujer soñadora’. Ella es amiga del silencio y permanece atenta a los pensamientos del espíritu que viajan a través de la noche. Ella ve las señales, pero hasta la más nítida se transforma incesantemente como las nubes en el cielo.

martes, 13 de septiembre de 2011

La mirada de Cable Hogue

Hildy (Stella Stevens) en La balada de Cable Hogue, de Sam Peckinpah

Mientras en el salón se bebe y se baila, en su habitación del piso de arriba ella recibe a mugrientos vaqueros que suben por la escalera exterior, uno detrás de otro. Se llama Hildy y es todavía joven. Delgada, ojos azules, muy rubia. Bellísima.

Cuando se presenta Cable Hogue, con la barba gris de polvo y el pelo pegado al cráneo debajo del sombrero, ella lo sumerge en una cuba de agua y le restriega la piel con jabón, desde la cabeza hasta los dedos de los pies.

Tiempo después, ella se presenta en su casa, cuatro paredes construidas con tablas de madera en medio del desierto. Pensaba pasar un par de días y se quedó tres semanas. Quizá demasiadas, dice él: “Me he acostumbrado a tus guisos… y a oírte cantar”.

Su llegada es una sorpresa para él, acostumbrado a vivir solo, de modo que tras ayudarle a bajar del caballo y darle la bienvenida, le pide unos minutos para poner un poco de orden en la casa. Sacude el polvo del colchón y abre la ventana y empieza a lanzar por ella todo tipo de trastos que encuentra tirados por los rincones: latas, sartenes, sillas medio rotas...

Cuando la habitación ha quedado despejada y limpia, le dice que ahora ya puede entrar para cambiarse. Y mientras él espera fuera, lavándose las manos y la cara, pasándose un peine por el pelo, hablan a través de la puerta.

- Has sido muy bueno conmigo, Cable… ¿es que no te importa lo que soy? 
- No, no me importa. Al contrario, ¿Y qué diablos eres? Un ser humano. Haces lo que puedes, todos tenemos nuestra forma de vivir. 
- ¿Y de amar 
- Se siente uno muy triste sin amar… Mira, Hildy, algunas veces se siente uno muy solo aquí, por las noches. Bueno, me pregunto qué demonios hago aquí.


Al rato, se abre la puerta despacio y aparece ella, con el pelo suelto sobre los hombros, el camisón blanco iluminado por la luz dorada que enmarca la puerta. Él la mira y le dice: “Estás preciosa”. Ella se extraña: “Pero si ya me has visto antes”.

- Hildy –le responde él-: A ti nadie te ha visto antes.

Entonces ella baja un instante la mirada, y sonríe, y luego entran juntos.

Cable Hogue no sabe leer ni escribir, pero, como él dice, tiene experiencia. No sabemos cómo ha llegado hasta allí, pero nos inspira confianza, como si cada acción suya surgiera de la misma fuente de la que se alimenta su orgullo de hombre justo. Es un hombre independiente que parece no encajar en la civilización, pero por una mujer irá adonde tenga que ir.

Ahora vive en el desierto porque es allí donde la vida le ha colocado, aunque no piensa quedarse mucho tiempo. Espera ver un poco de mundo antes de morir. Ésta última frase es suya, y es propia de alguien que vive sabiendo que cada belleza de la vida, como Hildy, es un regalo suficiente aunque sea el último. 

Su historia, alegre y triste a un tiempo, es consoladora porque nos muestra cómo uno puede encontrar agua donde nadie pensaría que la hubiera, lo mismo que el amor. En cualquier sitio, en cualquier momento, podemos vivir nuestras ‘Butterfly mornings’. Si sabemos mirar.

jueves, 7 de julio de 2011

El primer día del resto de tu vida


"Cuando era niño iba a jugar mucho con mis amigos a un bosque que había donde mis abuelos… había una fosa allí, inmensa, todos queríamos saltar por encima…
¡no eres capaz, decíamos, no eres capaz!
ninguno se atrevió a saltar por encima…
Hoy he vuelto a verla, para intentar saltar, y cuando la he visto me he emocionado, era la misma fosa, exactamente igual, tan profunda, tan impresionante como siempre… Pero hoy tampoco me he atrevido a saltar, no me he sentido capaz”.

Le premier jour du reste de ta vie cuenta algunos días decisivos en la vida de una familia: un matrimonio con tres hijos. En cada uno de esos días está contenido una buena parte del pasado y también del futuro. ¡Cuánto se puede decir con pocas palabras!, ¡cuánto se puede expresar en cada detalle! ¡Qué empeño en ir en busca del sentido!

El Garp de John Irving defendía la importancia de la imaginación para recrear la vida y entender “el fracaso del amor, la complejidad del compromiso, la necesidad de compasión”. También en esta película hay mucho de esa imaginación vital capaz de hacer hablar a los objetos y de descubrir en nuestras propias huellas las pistas que nos permitirán entender lo que nos pasa.

No hay grandes frases en esta película. Es una obra maestra. 


Las dos fotos son de la película dirigida por Rémi Bezançon. 
Arriba , la actriz  Deborah François.

jueves, 3 de febrero de 2011

Las alfombras limpias




“Estoy en la mitad de mi vida y no he hecho nada”. Después de una decepcionante vida matrimonial, cuyo único fruto ha sido una niña, la señora Muir, ahora viuda, decide romper con todo y alquilar una casa frente al mar. Desoyendo los consejos de su cuñada y su suegra, que le reprochan su extravagancia, se aleja del mundo y se refugia con su hija y su criada en una misteriosa casa que perteneció a un marinero. La primera noche, en medio del silencio, escucha extraños sonidos, las ventanas se abren de golpe, el rumor de las olas parece envolver una risa amarga. Pero ella no se asusta. Es hermosa, su piel resplandece a la luz de las velas, y una decidida serenidad se aprecia en sus movimientos.  

Una tarde se encierra en su habitación para descansar. Se recuesta en un sillón frente a la ventana y su criada le cubre con una manta antes de dejarla sola. A través de las cortinas, la declinante luz de la tarde ilumina su rostro. Hay una dulce melancolía en sus ojos entornados, como si absorbieran sin prisas el mar en calma. Está en la mitad de su vida y no ha hecho nada, pero qué importa cuando el mundo se envuelve en este silencio. Cierra los ojos.

Cuando los abre hay un hombre alto plantado ante ella. El capitán Daniel Gregg es un hombre curtido por una vida errante. Ha surcado los mares más peligrosos, tratado a todo tipo de gentes y atracado en los puertos más remotos. Aunque es un cascarrabias y un viejo lobo de mar, todavía le sostiene firme un destello de vitalidad y tiene el atractivo de la fuerza acumulada tras una vida intensa. Su mirada quema, como la de un tigre enjaulado. Persiguió un sueño sin forma y ahora, cansado y solo, parece preguntarse si era esto en lo que consistía la vida.

Hay un extraño encuentro entre la señora Muir y el capitán en esa casa solitaria y abierta al mar. Es un encuentro construido solo de palabras. Se cuentan historias de sus vidas, relatos del pasado, momentos que parecían olvidados, y al final comparten sus anhelos del presente. Cuando hablan, el minutero del reloj se descompasa como mecido por las olas. Son dos soledades colmadas en un lugar fuera del tiempo, tan fugaz y eterno como un instante de felicidad.

Una noche salen al balcón que da a la playa. Entre ellos, solo el telescopio que él utilizaba para otear el horizonte. El cielo está lleno de estrellas. La brisa mece las cortinas blancas. El rostro de ella atesora toda la intensidad del más fuerte deseo de vivir. Él le cuenta una historia de su infancia. Era huérfano y vivía al cuidado de su vieja tía soltera, a quien torturaba con sus travesuras. Soñaba con embarcarse y no volver. Cada tarde solía calzarse sus botas y salir a dar vueltas por el río. A la vuelta, con la tenacidad de sus sueños postergados, le ponía perdidas de barro las alfombras del salón, sordo a los gritos desesperados de su tía. Así, una tarde tras otra, hasta el día que cumplió dieciséis años y subió a un barco para no volver jamás.

Ella escucha su relato en silencio, la mirada perdida en el mar, con una expresión de concentrada tristeza. Él le pregunta en qué está pensando: “En lo sola que debía sentirse su tía viendo las alfombras limpias”. 


-       Estoy confundida, resulta muy difícil confiar nuestro futuro a manos de… alguien que no es real.
-       Pero yo soy real, estoy aquí porque usted quiere creerlo así, siga creyendo en mí y seguiré siendo una realidad.


Tanto las fotografías como las frases que aparecen entre comillas y el diálogo en cursiva pertenecen a la película El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs Muir), dirigida por J. L. Mankiewicz en 1947 y protagonizada por Gene Tierney y George Sanders. Como se dice en esta crítica, una película milagrosa.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Él la llamó su flor


Wildwood flower

Anoche vi En la cuerda floja, la película que narra parte de la vida y la carrera artística del cantante americano Johnny Cash. Es un intento honesto de aproximarse a la personalidad del cantante, la fotografía está muy cuidada y el ritmo narrativo no decae nunca. Sin embargo, no me pareció una gran película porque no consigue captar la complejidad humana del personaje ni la grandeza de su música.

Sí hay una parte de la historia que me gustó muchísimo. Hacia la mitad de la película, Cash ha conseguido ya cierto éxito, pero tanto él como la otra gran protagonista, June Carter, atraviesan un momento vital desastroso: él, separado de su mujer y alejado de sus hijas, y en pleno proceso autodestructivo de drogas y alcohol; ella, divorciada ya un par de veces y repudiada por su familia por su inestabilidad sentimental. Ambos ruedan de ciudad en ciudad en exitosas giras musicales, pero sin ningún horizonte de sentido en su desarrollo personal. Entonces llega una de esas escenas que sí atrapan algo de la complejidad de esta extraña vida. Abandonan la oscuridad de un destartalado camerino, donde él acaba de estrellar una botella de cerveza contra el espejo, y aparecen en el escenario: fuertes, llenos de vida. Y ella, con un vestido floreado, la piel transparente, media sonrisa y la mirada clara, canta una canción dulce que habla de jóvenes promesas de amor, de adioses sin palabras, de las dudas del corazón y de flores silvestres que endulzan las horas tristes.

“Él me enseñó a amarle y me llamó su flor
que florecía para alegrarle
la vida en sus horas tristes”.  

Todo se desmorona, pero él la llamó su flor.

lunes, 11 de octubre de 2010

La ficción existe para que podamos oír la música del mundo



Anoche vi La Rosa Púrpura de El Cairo. La había visto en el cine cuando se estrenó, hace más de veinte años, cuando yo tenía veinte años. Anoche la puse en casa con miedo a que no me gustara tanto como entonces, incluso a que no me gustara nada (que es lo que me pasa con las últimas películas de Woody Allen). Pero que no me gustara podía en realidad significar que, con el paso del tiempo, yo hubiera perdido la capacidad de entrar en la película y olvidarme del mundo. ¿Seguiría teniendo esta película el poder de consolarme de las imperfecciones de la vida? Eso era lo que de verdad me asustaba, porque significaría que yo habría perdido algo valioso en estos veinte años, algo que quizá no averiguara pero que seguro que se trataría de una parte importante de la juventud.

Otra de las razones por las que elegí La Rosa Púrpura era que la viera mi hija de 13 años. No le adelanté nada del argumento. Como siempre, su única preocupación es si la película es antigua (entendiendo por antigüedad cualquier cosa que se haya hecho antes de la década de los 90). Por supuesto, las películas de los 80 son para ella lo que para mí era el 'cine cómico'. Cuando vio que la película era en un color no demasiado desvaído, respiró aliviada y dejó de quejarse.

El experimento resultó interesante . Cuando el personaje del explorador se queda mirando a la chica triste y sale de la pantalla a su encuentro en el patio de butacas, mi hija preguntó con un hilo de voz: "¿Qué está pasando? ¿Se lo está imaginando, no?". También le sobresaltó la aparición del actor que interpreta al personaje y cómo los dos se disputan el amor de la chica. Y al final de la película su única preocupación se centraba en el lado de acá, en el lado de lo real (los niños siempre tan prácticos), si había habido engaño. Y, como balance final, la película le gustó, aunque "es demasiado irreal, es imposible que eso pueda pasar... Crepúsculo es irreal pero no tanto", y, sobre todo, a pesar de la tristeza y la ausencia de final feliz.

Pero, claro, ella es demasiado joven para ver que no hay tal tristeza, o quizá sí, pero en todo caso ella todavía no sabe que esa felicidad triste es la única a la que se puede aspirar a este lado del paraíso.
En cuanto a mis temores: felizmente se disiparon. La historia me conmovió tanto como entonces. Además, la veo como una especie de poética de la ficción tal y como yo la entiendo. La ficción como evasión de la realidad: pero no como distracción, sino evasión hacia un mundo paralelo, tan real como el real, que nos descubre verdades sobre nosotros y sobre la vida, y que parecen invisibles en nuestros mundos cotidianos. Y también la ficción como lugar seguro: la rememoración de los días mejores. Para la chica de la película la ficción es una esperanza. Una esperanza de olvido, pero también de comprensión y de descubrimiento de posibles caminos de dicha. Una promesa de que no todo está perdido.

Cuando uno ve a Fred Astaire bailando, como en la película, o a Gene Kelly cantando bajo la lluvia no puede dejar de sentir que hay belleza en el mundo, que a pesar de todo, la vida merece ser cantada. Lo que ocurre es que está poética de la ficción está pasada de moda. Por eso Allen tuvo que remontarse a los años 30. No porque entonces el mundo estuviera en crisis y eso ayudara a explicar la desesperación de la protagonista, sino porque en esos años la ficción cinematográfica compartió es poética: la ficción como búsqueda de sentido. Fundidos en negro o violines en el momento del beso. Es decir, las películas no son la vida real. Eso lo sabían muy bien los clásicos y lo han olvidado los posmodernos. Andrés Ibáñez lo explica muy bien: mientras el manifiesto posmoderno Dogma 95 establece que "el sonido no puede ser producido de forma separada de las imágenes", en el cine clásico la música es "la música del mundo que suena todo el rato aunque no podamos oírla".

Esta es la poética que sigue este blog y que guía mis lecturas: la ficción existe para ayudarnos a escuchar la música del mundo.